¿Sabes que es el autoengaño?


¿Cómo puede una persona saber y no saber a la vez la información? ¿Cómo evitamos darnos cuenta de las cosas?

A veces parece como si tuviéramos la capacidad de anestesiarnos para evadir las cosas, el problema radica cuando nos estacionamos evadiendo la realidad. Decía Ortega y Gasset: «La negación es útil, noble y piadosa cuando sirve de tránsito hacia una nueva afirmación». Aunque en teoría una persona no podría mentirse a sí misma sin afectar su bienestar, utilizamos el autoengaño como un mecanismo compensatorio, precisamente cuando la realidad es tan abrumadora (sobre todo cuando hay grandes pérdidas o sentimos que nuestra integridad está en peligro), que en ese momento no es posible procesarla, basta con observar a otros y sus conductas para darnos cuenta que es un mal que nos afecta a casi todos.

Adoptamos posturas infantiles como si al no ver, las cosas no existieran. Si bien esta actitud nos puede llevar a enfrentar las cosas con menos angustia y ansiedad, también nos puede llevar a no tomar las acciones adecuadas en momentos de crisis. Como lo puede ser ante una enfermedad grave, al rechazan el diagnóstico o minimizan su seriedad, evitando reflexionar o hablar sobre ello.

Un problema legal que dejemos que crezca, una relación de pareja que pensemos que sola se va a reparar y lo único que logramos con ello, es que un pequeño problema se convierta en una fractura irreparable. Los seres humanos disponemos de infinidad de trucos para mantenernos ajenos a la realidad.  Además de la negación, se utilizan mecanismos de defensa como la racionalización, que permite ocultar los verdaderos motivos bajo una explicación lógica, o la atención selectiva, mediante la cual se percibe lo que interesa mientras se ignora el resto.

Estos mecanismos de defensa brindan un refugio y son en cierto modo necesarios, pero al mismo tiempo condicionan nuestra manera de percibir y reaccionar frente al mundo. Como individuos, somos recopiladores y observadores de nuestra propia realidad y, a pesar de desearlo, rara vez somos imparciales. La mayoría solemos atribuirnos con mayor facilidad los éxitos que los fracasos, exculparnos y ver la mota en el ojo ajeno aunque otras personas tienden a interpretar que el fallo siempre está en su lado.

La capacidad para mirar hacia otro lado también se ha mostrado fundamental para forjar las relaciones humanas. Se necesita cierta dosis de engaño para mantener la discreción, encubrir cuestiones embarazosas o proteger la integridad de otra persona. Sin embargo, también nos servimos del autoengaño para fines menos honorables, como embaucar a los demás, ocultar aspectos indeseables de uno mismo, lograr un objetivo a toda costa.

Llegamos al meollo: ¿existe un equilibrio óptimo entre autoengaño y verdad?
Un concepto útil es el de la verdad soportable. Se puede apostar por reconocer la realidad, pero dándose tiempo para digerir poco a poco la información que resulta difícil. La mentira y la simulación terminan creando una terrible desconexión, ignorando quiénes somos y qué deseamos. Por eso, lo más importante quizá sea mantener un pacto de honestidad con uno mismo.

A ese pacto ayudará reconocer que la realidad es mucho más amplia de lo que se cree. Sin embargo, puesto que siempre resulta difícil detectar los propios trucos, se necesita el espejo de los demás. Con sus comentarios, sus críticas y elogios, y su visión distinta, las otras personas contribuyen a iluminar rincones que hasta entonces permanecían ocultos.

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